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Semana Santa en La Salle

Caminando desde la Semana Santa a Pentecostés
LIBRES PARA NACER DE NUEVOlema2010

La experiencia religiosa es como el vino;
las formas religiosas son la copa.
No se puede beber sin copas.
Pero la copa no
se bebe

Los cincuenta días que van desde la Pascua hasta Pentecostés constituyen un tiempo en que se nos envía a comunicar lo que “hemos visto y oído” durante la Semana Santa. ¿Cómo se hace esto concretamente? Teniendo una actitud de apertura y diálogo hacia todas las formas religiosas.

Las formas religiosas se crean y recrean según los contextos culturales. Las formas religiosas del cristianismo se han formado en sociedades agrarias, estáticas, preindustriales. Vivimos en el tercer estadio del capitalismo, en una sociedad secular, dinámica, de innovación permanente, de lazos interpersonales tenues, de identidades débiles y múltiples, globalizado, hiperindividualista, pluralista, simplificador y adocenadora en las formas culturales, hiperestesiada…¿Pueden las mismas formas religiosas ser la copa en la que bebamos la experiencia religiosa cristiana?

La experiencia de Dios tiene que ver con la apertura incondicional en entrega que se hace adoración y amor servicial y gratuito.
Las formas religiosas deberán ayudarnos a esa experiencia [1].

El Tiempo de Pascua es tiempo de paz, alegría y esperanza. Dura cincuenta días, desde el Domingo de Resurrección hasta Pentecostés, que es la celebración de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. En esta fiesta se trata de abrir el corazón a los dones del Espíritu Santo.

Por la fuerza del espíritu vendrá la actitud de abrirse para anunciar el Evangelio de Jesús, como la fuerza capaz de transformar la existencia personal y la historia de los hombres. La experiencia muestra que cuando nos abrimos a comunicar algo auténtico, las personas escuchan y reciben el mensaje con respeto y aprecio hacia lo que intuyen verdadero. Nuestra coherencia de vida, es lo que dice que es verdad lo que manifestamos con las palabras.

El Camino de la Pascua y todo el tiempo pascual: la alegría pascual, la vida eterna, la renovación del mundo iniciada en Jesús resucitado

  • Una propuesta para reflexionar sobre el Evangelio de Nicodemo, asociada al Lema: “Libres para Nacer de nuevo”
  • Al final una serie de preguntas para orientar nuestro trabajo con nosotros mismos y con nuestros alumnos.

Confrontación entre la luz y las tinieblas.

Desde el principio del evangelio de Juan se presenta una clara confrontación entre la luz y las tinieblas. Jesús es identificado con la luz, mientras que el mal se identifica con el poder de las tinieblas, y parece a veces que las tinieblas son más poderosas que la luz. En el principio existía la luz, y la luz era la vida de los hombres, la luz brilla en las tinieblas pero las tinieblas no la acogieron (Jn 1, 4 – 5). Pero cuando parece más grande el poder de las tinieblas, en la crucifixión de Jesús, es cuando la luz brilla con más fuerza.

La simbología usada por los evangelistas en ese momento de la crucifixión es muy clara: se oscurece el sol, las tinieblas invaden el espacio, tiembla la tierra; pero también en ese momento se rasga el velo del templo (servía para ocultar el lugar sagrado del altar), del costado de Jesús brota sangre y agua (Bautismo y Eucaristía), las tumbas se abren, la gente reconoce que este crucificado es verdaderamente el Hijo de Dios.

Para reflexionar:

Este es nuestro propio drama personal: nuestra vida se debate entre luces y sombras. También nosotros nos hemos visto muchas veces envueltos en densas tinieblas, y cuando menos lo esperábamos, o de donde menos lo esperábamos, de aquellas tinieblas surgió una gran luz que transformó nuestras vidas o que nos hizo ver la vida de otra manera mucho más real y fecunda.

Nosotros y los personajes bíblicos.

La vida de cada uno puede ser contrastada con muchas personas de la Biblia, especialmente cuando se ven enfrentadas a situaciones dramáticas como las que se describen en la pasión de Jesús: los amigos le abandonan y le dejan solo, sus enemigos se burlan y hacen mofa de él, los que ayer le aplaudían hacen ahora astillas del árbol caído, etc. etc. Son situaciones que de alguna u otra manera puede vivir cualquier persona normal y corriente. Podemos vernos muy bien reflejados en los personajes de la Pasión, pues en ellos, al igual que en nosotros, existen espacios de luz y de tinieblas. Frecuentemente recorremos un proceso psicológico parecido al de ellos mismos. ¿No hay en cada uno de nosotros algo del Judas traidor y desesperado, o del Pedro cobarde, arrepentido, perdonado y confirmado en la confianza, o de las mujeres que seguían de lejos a Jesús? Un personaje interesante, casi desapercibido y olvidado, en el que se va dando el proceso de tránsito de las tinieblas a la luz, es Nicodemo.

LA EXPERIENCIA DE NICODEMO

Queremos invitar a los lectores a fijarse en él porque su personalidad y la nuestra pueden recorrer etapas semejantes. Algunos personajes del cuarto evangelio aparecen una sola vez (samaritana, Pilato, ciego de nacimiento) y en su fugaz aparición toman partido definitivamente por la luz o las tinieblas. Otros aparecen varias veces (Pedro, Judas, Tomás) y en esas apariciones vamos apreciando el recorrido de su proceso personal que los lleva de la luz a las tinieblas, o de estas a la luz.

Nicodemo aparece tres veces en el Evangelio de Juan: al principio, al medio, y al final. En esas ocasiones se nos va presentando como un hombre en continuo cambio progresivo a mejor, a mayor valentía, honradez, amor por la justicia. Su metamorfosis es interesante, pues se ve en él todo un proceso de conversión gradual que va pasando por etapas desde las tinieblas a la luz. Todos los personajes del cuarto evangelio tienen una dimensión simbólica, están puestos ahí con alguna intención, significan algo (lo cual no quiere decir que sean personajes de ficción). Nicodemo es como un drama en tres actos, y en cada uno de ellos se presenta una dimensión de la evolución del personaje. Es alguien que va caminando desde la noche del principio hasta la luz del final.

¿Quién es Nicodemo?

El primer acto de este drama presenta a un hombre cauto y casi miedoso. Se nos presenta en Juan 3, 1 - 21 como un magistrado de la Ley, entendido en las sagradas escrituras; encarna la figura del intelectual judío de la época. Él no es como la mayoría de los discípulos de Jesús o como la mayoría de los doce apóstoles, gente sin letras ni formación intelectual. Nicodemo nos ayuda a ver que también los intelectuales y gente crítica de buen corazón pueden acercarse a Dios y le pueden encontrar, aunque ese encuentro no ocurra desde una forma institucionalizada. De hecho, en la narración de Juan, este hombre ilustre, que al principio aparece temeroso y oculto, más tarde fue capaz de dar la cara por Jesús, en momentos bien difíciles, y cuando otros de sus amigos más cercanos le abandonaron y se alejaron de él.

Proceso de liberación.

Cuando nos desarrollamos como personas en forma integral vamos pasando de formas de ser más infantiles e inseguras a otras de más adultez y seguridad. Partimos siempre con nuestros miedos y temores, y poco a poco los vamos dejando de lado porque nuestra personalidad va adquiriendo mayor seguridad. Es lo que vemos en el caso de Nicodemo.

1. Nicodemo de la primera escena.

Al principio (Jn 3, 1 – 21) Nicodemo es un hombre lleno de temores y cuidados. Admira a Jesús, sabe que lo que él enseña es distinto a lo de otros iluminados y profetas espontáneos, pero por otro lado, viene a Jesús de noche porque no quiere ser visto y no desea comprometer su prestigio. Es un hombre precavido y cuidadoso. Al hablar con Jesús expone sus dudas, y le cuestiona sus novedosas propuestas. Aunque muestra verdadero interés por lo que este le enseña, sigue con sus esquemas antiguos. Jesús le habla de renacer, de volver a una vida nueva, de dejarse llevar por el impulso del Espíritu que, al igual que el viento, sopla sin que sepamos de dónde viene ni adonde va, pero Nicodemo es hombre de esquemas, leyes, reglas y normas, y no entiende ese lenguaje de aire fresco y renovación. Ante esta propuesta de Jesús acerca de la necesidad de volver a nacer, de empezar de nuevo, se pregunta si acaso un hombre ya adulto puede volver a entrar en el cuerpo de su madre para nacer de nuevo. Es un hombre bueno y bien intencionado, pero amarrado a sus estructuras por sus propias cadenas.

Es de esa clase de hombres a los que se refiere Eric Fromm cuando dice que el hombre de hoy es un esclavo sin cadenas visibles. Las estructuras rígidas impiden el crecimiento y desarrollo personal. Nacer de nuevo, en la mentalidad de Jesús, significa dejarse llevar por la fuerza del Espíritu, ser libres como un pajarillo del campo, y sobre todo dejar de lado los envases viejos que nos amarran e inmovilizan como un chaleco de fuerza.

Jesús habla de odres nuevos para vinos nuevos; a nosotros nos pasa que queremos continuar con los mismos odres de siempre, las mismas estructuras, reglamentos, criterios. Nos es difícil cambiar. Y por eso nos cuesta abrazarnos a los planes liberadores como el de Cristo; aunque a creyentes y no creyentes nos agrada y atrae su pensamiento, nos asusta su estilo de vida tan libre y a la vez tan comprometido. Nicodemo, al principio, aunque admiraba a Jesús, no estaba en condiciones de seguirle con todas las consecuencias; se siente amarrado todavía por demasiados intereses creados, demasiadas leyes, reglas, normas, presiones de su propio grupo.

Todos tenemos algo de Nicodemo, y debemos estar revisándonos continuamente por si, a causa de algunas normas, reglas, prescripciones, leyes, no somos capaces de percibir y vivir la savia nueva de otros estilos de vida. Es posible que con la mejor intención del mundo nos hayamos esclavizado a una serie de criterios que nos impiden la agilidad, libertad y alegría necesarias como para poder dejarnos llevar por el soplo de vientos nuevos.

Este Nicodemo de la primera vez es el tipo de hombre mediocre (“pecador” en el lenguaje bíblico), poco comprometido, que nos identifica a cualquiera de nosotros. Según el evangelio de Juan, con toda su psicología, la maldad y mediocridad de hombres y mujeres no consiste tanto en eso que la gente considera malo en la línea de la marginalidad: el pecado de la adúltera, la prostituta, el ladrón, el delincuente común, y el asesino.

Para Juan no hay mayor pecado, mayor maldad, que la resistencia al amor y a la verdad (que él identifica con Jesús). La resistencia a esos valores es para Juan la mayor de las infidelidades: el hombre/mujer se traiciona a sí mismo, porque es infiel a su misma verdad. Este “pecado” se encuentra no sólo en los pecadores vulgares, en los que cometen hechos que suenan burdos, sino también y sobre todo en aquellas personas “bien”, que son consideradas los intelectuales y dirigentes de la sociedad, líderes religiosos y políticos de su tiempo. A ellos van dirigidos los tan repetidos reproches de Jesús cuando a sus discípulos y seguidores los llama hombres de poca fe. Para esta mentalidad jónica el sólo hecho de no hacer lo que debes hacer, y no hacerlo lo mejor que puedas, es ya una falta de fidelidad.

Este primer Nicodemo viene a Jesús de noche (Jn 3,2). Palabra muy sugerente, que aparece 8 veces en el Evg. de Juan:

3,2: vino a Jesús de noche;

  • 7,50: Les dijo Nicodemo, el que vino a Él de noche;
  • 9,4: Yo obro las obras del que me envió mientras es de día; viene la noche, en que nadie puede trabajar.
  • 11,10: si uno camina de noche tropieza porque le falta la luz.
  • 13,30: Judas, habiendo tomado el bocado salió inmediatamente. Era de noche.
  • 19,39: Vino también Nicodemo, el que la primera vez había venido a él de noche;
  • 20,19: Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros;
  • 21, 3: salieron y subieron a la barca. Y en toda la noche no pescaron nada.

La noche del Nicodemo de la primera escena, la noche de tantos de nosotros, se representa en aquel miedo a los judíos; no quiere ser visto porque no desea que los demás descubran su interés por Jesús; se juega su status social y prestigio. Pero la noche representa también la ausencia de luz, aquella oscuridad que nos impide caminar y nos puede hacer tropezar y caer. En Juan la noche es entendida como tinieblas del corazón, una actitud espiritual poco clara, confusa, o directamente mal intencionada. ¿Cuántas veces no nos hemos visto inundados por ese tipo de noche del corazón; corazón en tinieblas y en confusión?

En el caso de Judas el proceso corre la dinámica de la luz a las tinieblas; en el de Nicodemo, en cambio, de las tinieblas a la luz. Los niños tienen miedo a la oscuridad, pero muchos adultos temen a la luz: El que obra el mal odia la luz y no va a la luz para que no se descubran sus obras. El que obra la verdad se acerca a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras son según Dios (Jn 3,20 - 21).

La tentación más grande que tenemos los seres humanos no es la de la seducción carnal sino la del instinto de poseer y la del miedo a perder nuestro prestigio, nuestro status social, nuestra independencia. Es la soberbia de la vida la que nos lleva a todas las transgresiones (Ignacio de Loyola). Para superar este mal Jesús no busca arreglos cosméticos, superficiales; su fórmula implica un imperativo de radical exigencia: “tienes que nacer de nuevo”. Este imperativo implica morir a lo que tenemos que morir, a lo que en cada uno de nosotros ya está caduco, y a lo que sin embargo solemos aferramos con tanto ahínco.

El Nicodemo del primer encuentro con Jesús no se convierte del todo pero empieza su proceso de conversión; queda fijado todavía a sus esquemas rígidos y no capta del todo el mensaje de novedad de Jesús. Sigue en la noche, pero ya empieza a acercarse a la luz.

Es lo mismo que nos pasa a cada uno de nosotros. Todavía no entiende bien lo que le propone Jesús acerca del Reino: morir al hombre viejo para nacer al hombre nuevo. También a nosotros nos cuesta entender y vivir ese mensaje. Nacer al Espíritu que nos lleva por nuevos derroteros de intrepidez y valentía, de justicia, amor y verdad; liberados de esquematismos rígidos y de reglamentos humanos poco o nada facilitadores de los valores del Reino predicado por Jesús: Verdad, Justicia, Libertad, Amor.

Jesús invita a Nicodemo a que se ponga a los pies de la cruz y mire al que sea levantado en ella, como los israelitas del éxodo se liberaron del veneno de la serpiente mirando la imagen de serpiente que Moisés hizo levantar. Parece contradictorio para Nicodemo que se pueda obtener la salud ante un crucificado, un condenado a muerte, cuando en el esquema de él, el condenado a muerte es un maldito de Dios. Pero en esa cruz se revela el Amor de Dios que Nicodemo todavía no alcanza a comprender.

Después de este encuentro de Nicodemo con Jesús nada hay que nos indique que la conversión haya concluido; no ocurre como con la samaritana y el ciego de nacimiento que terminan su encuentro con Jesús con una declaración expresa de su fe en el Señor. No se ha convertido, el hombre es un poco duro, pero lo cierto es que ese encuentro con Jesús supuso un hito que marcó la vida de Nicodemo en un antes y un después. Este hombre aparecerá más veces en el Evangelio, y ese encuentro con Jesús irá dando sus frutos que se verán más adelante. En la vida de todo ser humano siempre hay hitos que marcan un antes y un después.

Es un hombre como cualquiera de nosotros; tiene que cumplir un proceso evolutivo algo lento. Lo importante es que es un hombre sincero, honesto, que busca sinceramente la verdad, y la verdad se le hará presente y le hará libre. Requiere tiempo como cualquiera de nosotros; hay algo de misterioso en el tema de la fe, y cada persona es también un misterio. Cada uno tiene su propio ritmo, y el creyente sabe que Dios es muy respetuoso con el ritmo y la libertad de cada persona.

2. Nicodemo de la segunda escena.

Nicodemo reaparece más adelante cuando la polémica entre Jesús y los fariseos se hace más agresiva y peligrosa. A Jesús se le está acusando de lo peor: es un pecador, es un endemoniado y samaritano, blasfemo, embaucador, hijo de prostitución. Se trata de desacreditarle a él y a su mensaje en todos los terrenos. Ahora, cuando todo se pone contra Jesús, cuando las personas más influyentes y de poder le atacan en forma inmisericorde, Nicodemo se atreve a dar la cara por él: ¿Acaso nuestra ley juzga a un hombre sin haberle oído antes y sin saber lo que hace? (Jn 7,51). La respuesta de los fariseos no se hace esperar: ¿También tú eres de Galilea? Estudia y verás que de Galilea no sale ningún profeta. (Jn 7,52).

Hieren a Nicodemo donde más le duele: le acusan de ignorante y debe dedicarse a estudiar; ha puesto en duda la doctrina oficialmente correcta, y experimenta lo duro que es ser disidente. Quizá esto le sirvió a Nicodemo para darse cuenta de la vaciedad de esa doctrina, y de la estupidez de un sistema montado en tales esquemas. Es su propio sistema, aquel en el que siempre había creído y en el que se había formado desde niño, el que ahora está poniendo en tela de juicio. Algo se tambalea a sus pies; debe ser muy duro a esa edad darse cuenta de que el mundo doctrinal en el que siempre había creído, o parte importante de él, se hace ahora añicos. Está llegando la hora del discernimiento y las decisiones. Tomar decisiones consecuentes y coherentes con el propio pensamiento y valores, cuando estos van en contra de lo que siempre ha sido tomado como regla única e infalible, es costoso y se puede perder mucho: prestigio social, status, amistades, círculo de influencia y poder, etc. Una decisión contra corriente comporta no pocas humillaciones y desprecios. De ahí la indecisión de muchas personas a la hora de enfrentarse a situaciones de conflicto.

Este Nicodemo de la segunda escena nos habla de la importancia que en la vida tiene la formación de nuestra conciencia; la importancia de la sólida formación doctrinal, intelectual, pero también emocional. Los hombres y mujeres mentalmente sanos son personas intelectual y emocionalmente adultas, capaces de tomar decisiones en conciencia, a veces incluso actuando de manera que no va tan de acuerdo con algunas normas y criterios a las que han permanecido adheridos durante mucho tiempo. Pueden ser normas y criterios dominantes en el ambiente, pero que posiblemente pertenecen ya al hombre viejo y son incompatibles con el vino nuevo que exige odres nuevos.

3. Nicodemo de la tercera escena.

Por última vez aparece este hombre para dar a Jesús una sepultura digna. Aparece cuando otros, más cercanos a Jesús, han desaparecido. Jesús ya ha sido levantado en alto en la cruz, y ha muerto en ese patíbulo para criminales.

Ya no es de noche, a pesar del reciente drama vivido en el Calvario. Este hombre temeroso de la primera escena se atreve ahora a ejercer sus influencias y acudir al pretorio para pedir a Pilato el cuerpo de Jesús (Jn 19, 38 – 39). Este hombre es el mismo que al principio había acudido a Jesús de noche por miedo a los judíos y fariseos, pero ahora Nicodemo ya ha salido totalmente de la noche, y la luz se ha hecho en él. Experimenta una nueva realidad en su interior: se han disipado las tinieblas de su corazón, y por eso camina en la luz.

Ahora, cuando las cosas son más difíciles, cuando Jesús ha sido juzgado y condenado como criminal de máxima peligrosidad, ahora que todos se alejan de Jesús, y ni los más amigos se atreven a dar la cara por él, es cuando Nicodemo sale en público y se muestra partidario de Jesús sin ningún recelo o temor. Con su gesto, Nicodemo cumple “el deber más sagrado que hay en el judaísmo hacia el padre y el maestro: darle una digna sepultura, y ello precisamente cuando los propios discípulos oficiales andan huidos” (M. Moreno. ST, Marzo 2004. p 239).

El derroche exorbitante de perfume que Nicodemo lleva para honrar la sepultura de Jesús (cien libras de mirra perfumada y áloe) es todo un símbolo: corresponde a alguien muy superior a la dignidad real. Jesús se ha convertido para Nicodemo en el rey de reyes, dando así un sentido teológico al letrero que ha sido fijado en lo alto de la cruz. Jesús pasa así a ser mirado como el Rey del nuevo Reino, que merece todo amor y adhesión por sí mismo y por los valores que representa. Nicodemo se ha convertido: Jesucristo es su único Señor.

Y aquí quería llegar. Todos necesitamos de cierto proceso “nicodemológico”. Después de un largo proceso de desarrollo psicológico, que cada persona recorre a su propio ritmo biográfico, llegará, al igual que Nicodemo, a la misma meta de desarrollo personal si es auténtica consigo misma: ser persona libre, liberada, y liberadora. Esta es la persona que ha recorrido las etapas necesarias (cada uno las recorre a su modo) para constituirse en alguien fiel a la verdad, fiel a su conciencia, y fiel al amor. Es libre, y se ha liberado de cualquier adicción o vasallaje de mala índole. Ahora puede salir a la luz.

PARA TRABAJAR CADA UNO DE NOSOTROS:

En los primeros párrafos el texto ya está contextuado…(Ver párrafo: ¿quién es Nicodemo?)

  • Podemos preguntarle ahora al texto:¿Qué tengo yo de Nicodemo?
  • ¿Soy cauto/a, miedoso/a, dócil al actuar de Dios?
  • ¿Qué oculto en las “tinieblas” frente a los otros?¿Qué me oculto a mí mismo?
  • ¿Reconozco en mi vida un “proceso” de conversión, de cambio en mis actitudes cotidianas? ¿Me dejo seducir por la fuerza de la “luz”?
  • ¿Soy capaz de dejar translucir frente a todos mis sistemas de creencias?¿Pongo gestos de transformación visibles frente a otros cuando lo que escucho o lo que veo merece una palabra?
  • ¿Puedo decir que realmente voy transitando un camino de LIBERTAD para NACER DE NUEVO?

Estas preguntas a partir del texto intentan ayudarnos a zambullirnos en él y poder dejar que nos ayude a transitar esta Cuaresma y a vivir la Pascua como un real “Paso a una Vida Nueva”.

[1] El grupo de catequesis como comunidad de indagación. Charla en el encuentro catequesis, 23 de febrero de 2010. Hno. Santiago Rodríguez Mancini a partir de la lectura de algunos textos, sobre todo de Xavier Quinzà.

 

 

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